Reflexiones

CUANDO GRITO

Cuando grito se para el tiempo. Y ese grito parece eterno mientras tu mirada se clava en la mía.

Y siento que he perdido. Y que también te he perdido a ti. Aunque sea por un momento. Aunque solo sea un poquito.

Desconectamos.

Porque cuando grito me convierto en quien no quiero ser. Y se me olvida que lucho contra mis mochilas. Olvido el camino andado. Y todo se hace añicos.

Cuando grito también me alejo de mí, de la madre que soy. Me alejo de las caricias, del consuelo que da un abrazo, de los besos en la nariz y de las risas por cualquier cosa.

Me alejo tanto que a veces cuesta volver. Y esa desconexión me ahoga.

Me siento incapaz porque realmente, en ese preciso momento, lo soy. Incapaz de gestionar mis propias emociones, de buscar alternativas, de encontrar la calma. Incapaz de acordarme de que solo sois niños y yo la adulta, la que debe dar ejemplo. Incapaz de contener el cansancio, el sueño, el estrés… y todo se convierte en una explosión.

Y luego caigo. Y ese maldito grito me acompaña toda la noche y me martillea la cabeza. Y os veo dormir a mi lado, como si nada, tras haberme perdonado que perdiera la paciencia durante un instante, sin darle la importancia que para mí si tiene. Porque, para vosotros, soy mucho más que un grito. Aunque ese grito, a mí, me pese como una losa.

 

 

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