LO QUE NO TE ENSEÑÉ

Veo la lluvia caer a través de la ventana y los pequeños charcos que se forman me transportan a tu niñez. A duras penas te recuerdo saltando sobre ellos, empapándote. Han pasado tantos inviernos…

La verdad es que nunca imaginé un final así. Tan sola. Tan vacía. Tan olvidada.

Me miro en el espejo y no reconozco a la mujer que un día fui. Ahora mi rostro está repleto de arrugas, maltratado por el paso del tiempo, viejo y pálido.

Y espero, día tras día, a que llegue mi fin, envuelta en una rutina que detesto pero a la que me he acostumbrado.

Lejos quedaron aquellas navidades en familia, con tus carcajadas resonando por toda la casa.

Lejos quedaron los cumpleaños, los dedos pringados de chocolate, las fiestas y las piñatas.

Lejos quedaron los abrazos, los “mami, yo quiero estar siempre contigo”. Se te olvidó.

Lejos quedaron las noches en vela amamantándote, velando tus sueños.

Lejos quedaron los sábados de parque, mis planes cambiados por un rato en los columpios.

No sé. Siempre fui consciente de mis equivocaciones. O eso creía.

No sé en qué momento te enseñé que el trabajo era lo más importante.

No sé en qué momento te hice creer que no eras imprescindible, que no eras escuchada.

Recuerdo lo nerviosa que me ponía cuando me llamabas continuamente, un “mamá” detrás de otro, hasta desesperar. Los ratos que pasaba en casa estaba prácticamente agotada y me costaba seguir el ritmo.

Bromeaba con tu tita por teléfono y le decía que te regalaría en ese justo momento.

Supongo que tú ahora te habrás sentido igual cuando no recordaba que te había pedido agua hace unos segundos y lo volvía a hacer otra vez.

Siento no haber tenido la suficiente paciencia. 

Siento no haberte enseñado a tenerla.

El tiempo no perdona. Quizá ni yo misma pueda perdonarme.

Aunque te aseguro que siempre intenté hacerlo lo mejor que pude y que supe. No quería que te faltara nada y al final lo que te faltó fue lo más importante: mi tiempo.

Sé que te ha dolido tomar la decisión y que tú, al igual que yo, quieres lo mejor.

Recuerdo cuánto me dolía a mí irme temprano a trabajar y llegar a casa cuando ya estabas dormida.

Perderme las funciones del colegio, las excursiones, los cumples de tus amigos, las tardes de parque.

Ahora sé que siempre estuve equivocada. Y que, quizá, con menos hubiéramos sido mucho más felices y hubieras aprendido qué era lo verdaderamente importante para mí: TÚ.

 

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