LAS ÚLTIMAS VECES

Hablamos con frecuencia de lo felices que nos hacen las primeras veces de nuestros hijos. Las vivimos con una intensidad indescriptible. Nos marcan. 

Anotamos el día en que dicen su primera palabra. Nunca olvidaremos la primera vez que nos sonrieron y tenemos decenas de fotos del día en que dieron sus primeros pasos.

Su primer paseo, el primer día de playa, su primer baño.

Son cientos. Y nuestra memoria no nos falla recordando al milímetro cada una de ellas.

Pero… ¿qué pasa con las últimas veces?

Ésas que llegan sin avisar y de las que no eres consciente hasta que no pasa el tiempo.

Y es que el tiempo vuela. Vuelan los días, las caricias, las sonrisas.

Vuelan esas primeras veces. Pero sobre todo vuelan las últimas.

Nunca supe cuál sería su último pañal hasta que lo fue.

Nunca supe cuándo sería la última vez que pediría mi mano para saltar ese escalón.

Nunca supe cuándo sería la última vez que le pondría aquel vestido que tanto me gustaba. Ni cuando dejaría de cantar aquella canción que tanta gracia me hacía subida a la silla del salón.

No lo supe.

No supe que aquel paseo en el carrito sería el último. Quizá si lo hubiera sabido, hubiéramos echado una última carrera mientras reíamos a carcajadas.

No supe que aquella noche sería la última en la que me pediría que le leyera aquel cuento que tanto le gustaba cuando era más pequeñita.

No supe que ésa sería la última vez que se dormiría con la nana que inventé para ella, mientras la acunaba en mis brazos. De haberlo sabido hubiera alargado ese momento unos minutos más. Hubiera saboreado ese instante en el que todavía la sentía bebé, en el que todavía lo necesitaba.

El tiempo vuela. Pero nuestros hijos son aún más rápidos.

Y ella me has enseñado a disfrutar de cada momento como si fuera el último.

Porque nunca sabes cuál será la última vez, hasta que lo es.

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